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Nota de Opinión: Sentencia a los rugbiers, de la culpa a la responsabilidad

País 24/01/2023 Por Lic. Leando Hocquart
Homenaje Fernando Báez Sosa
Nota de Opinión: Sentencia a los rugbiers, de la culpa a la responsabilidad

A pocas horas de que comiencen los alegatos por el caso de Fernandez Báez Sosa que conmociona 
al país, se polarizan las posturas que se comprometen con una u otra de las partes; los acusados y 
los acusadores.

Durante más de dos semanas hemos estado expuestos a los debates entre profesionales que 
inspirados en el arte de la justicia intentan colocar una palabra que organice el sentido perturbado 
ante la masacre llevada a cabo sobre la integridad física de Fernando hace tres años atrás.

Las discusiones acaloradas en torno a la figura legal que debería garantizar un proceso justo de 
sanción para un delito cometido de tal magnitud, pone a la justicia de rodillas frente a las masas 
colerizadas. Pareciera que entre cultos y legos opera un mismo germen de hostilidad y agresión 
sobre lo que nos retorna como elemento extraño del discurso del otro.

¿Cabe preguntarse entonces cuáles son las raíces de esta hostilidad bidireccional? ¿Por qué resulta 
tan difícil metabolizar colectivamente un hecho delictivo que pareciera que ni siquiera la sanción 
mayor (cadena perpetua) dejaría satisfecha a la sociedad?

Desde el psicoanálisis entendemos que existe un elemento constitutivo de agresividad y hostilidad 
necesaria sobre un proceso estructural que Lacan llamo alienación y separación, una especie de 
movimiento interno del sujeto que busca obtener por la vía de la diferenciación un lugar propio en 
el mundo, una identidad. Si aceptamos que la primera marca en el mundo, el nombre propio, es un 
elemento no elegido por nosotros mismos sino devenido de la voluntad de otros (en el mejor caso 
los padres), sabremos que nos estamos arreglando desde el primer minuto de vida e incluso antes 
de nacer, con esa otredad que se nos impone sin haber sido preguntado.

Esa negociación inconsciente sobre lo propio y lo ajeno arroja un saldo que lacan llamará objeto “a” 
pero que a los fines de este escrito alcanzará con decir que es un resto un tanto desconocido pero 
que define en gran medida a lo que un sujeto se identifica o lo que rechaza.

Freud luego de la I Guerra Mundial estrelló su clínica con una idea inversa a la que venía trabajando 
hasta ese momento. Desarrolló un tópico que lo llevó a pensar que había algo Más allá del principio 
del placer (1921). Esto significaba que en el desarrollo de un individuo no sólo intervenían las 
pulsiones eróticas que apuntan al amor, sino también otras a las que le dio el nombre de pulsión de 
muerte y que además tenían cierto privilegio por sobre las primeras.

Mantener a raya a estas últimas es un logro del desarrollo y explican los momentos de paz y de 
guerra individuales (conflictos internos) y sociales (conflictos externos) de los que se abastece la 
vida en democracia bajo el formato de cierta armonía. Esto significa que el desarrollo humano y 
comunitario está regido por un equilibrio delicado que, si se pierde por alguna razón, deja desnuda 
la verdadera naturaleza del hombre y en consecuencia no tardan en aparecer los fenómenos 
radicalizados de segregación.

Las masas, se componen de individuos identificados a un propósito ideal, en el que parte de la 
identidad de cada uno de los elementos que la constituye es cedida para conformarse así una 
identidad grupal que robustece en nombre de la pertenencia los mecanismos que operan buscando 
la eliminación radical de la otredad.

En el proceso adolescente es quizá el momento vital en el que mejor se puede visualizar esto, ya 
que aquellos ideales que se propusieron como tronco de la identidad se reactualizan con el fin de 
cristalizar o modificar la personalidad y diluir la incertidumbre sobre el cuerpo propio el lugar en el 
mundo y sobre todo la autonomía. 

Las masas actúan allí como terreno fértil y posible en el que el sujeto puede encontrar 
potencialmente vía las pseudo identificaciones (identificaciones precarias o de paso) un lugar donde 
se tramita lo no soportable, lo diferente, o lo igual bajo por lo menos dos modalidades; reprimiendo 
los sentimientos hostiles, sublimándolos o reaccionando ante estos.

Que se defina por una o por la otra modalidad estará determinado por el grado de inseguridad 
frente a lo nuevo o distinto, de manera que si esta interpretación por parte del grupo es percibida 
como un elemento extraño que atenta contra la identidad grupal, entonces los resortes que 
sostienen la seguridad del individuo fallan, y las voluntades individuales quedan subsumidas frente 
a la presión del líder grupal.

Como supo decir Benedetti “cuando los odios andan sueltos, se ama en defensa propia”.

En contexto, la sociedad del espectáculo solicita bajo presión, que la pena para los imputados por 
el asesinato de Fernando Baez Sosa sea sólo la reclusión perpetua, porque pareciera que es la única 
manera que el frenesí de justicia (esa misma efervescencia que aparece en los linchamientos y 
escraches ) quede colmado durante un tiempo, hasta el próximo homicidio en masa. Esto, es más 
barato que reflexionar sobre las responsabilidades que cada uno tiene en la construcción ciudadana, 
en las instituciones que no operan de manera preventiva y en los circuitos de poder que se 
establecen en relación a las clases sociales. 

Por supuesto que frente al dolor desgarrador de una madre que ha perdido a su hijo no existe 
consuelo posible, en lugar de eso una gradual y prolongada reparación devendrá del veredicto final 
que los jueces consideren pertinente. Pero, si pensáramos en los efectos sobre los acusados, 
haciendo un trabajo emocional de comprensión y no de entendimiento, podríamos notar que una 
cadena perpetua no solamente no produce efectos responsabilizantes, sino que además no 
contribuye en ningún sentido a la toma de conciencia de los actos por los que se los acusa a los 
rugbiers.

En definitiva es en todo sentido un castigo con finalidad de escarmiento avalado por el peso de la 
ley sobre un grupo de adolescentes que no sobrepasa los 23 años y que al salir de prisión quedarán 
a la deriva sin destino posible a menos que las funciones latentes de las instituciones habiliten 
alguna otra condición de vida para ellos.

Vigilar y castigar es un hábito que no ha podido extirparse del modelo judicial. Así como pensaba 
Foucault las raíces de las instituciones carcelarias, se asemeja más a una parodia pomposa de dedos 
acusadores que a un acto de justicia dentro de una sociedad democrática.

Culpa y responsabilidad no son sino dos caras de una misma moneda, pero el pasaje de una a la otra 
implica todo un acto de decisión subjetiva y apoyo social-comunitario que contenga y soporte las 
incertidumbres de un proceso en desarrollo que tiene como corolario en el mejor de los casos, la 
madurez, y que en principio deviene de una valoración sobre el acto propio, la resistencia a la 
presión de grupo y la empatía como logro del desarrollo de un individuo. Una instrucción que 
comienza en casa pero que se hereda al resto de las instituciones que componen una sociedad, 
aquellas que pueden generar espacios de identificación saludables para el complejo adolescente 
que interpela y desnuda las grietas de la sociedad.

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