
Cabo San Pío: el faro del fin del mundo que desafía al viento y al aislamiento
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En el extremo oriental de la Isla Grande de Tierra del Fuego, donde la tierra se encuentra por última vez con el Atlántico Sur, se levanta el faro del Cabo San Pío. Rodeado de acantilados, mar abierto y un viento casi permanente, este punto de referencia marítimo lleva más de un siglo marcando el rumbo de las embarcaciones que navegan una de las zonas más complejas del país.
Inaugurado en 1919, el faro cumple un rol esencial en la seguridad náutica de la región, caracterizada por corrientes intensas y cambios bruscos de clima. A diferencia de muchas estructuras modernas automatizadas, durante décadas fue atendido por torreros y sus familias, convirtiéndose en uno de los pocos faros habitados que aún conserva esa impronta humana en medio de un entorno completamente salvaje.
Acceder al lugar no es tarea sencilla. No existen caminos ni rutas: la única forma de llegar es caminando. El recorrido implica un trekking de más de 50 kilómetros por turberas, ríos, playas solitarias y campos privados, atravesando territorios donde no hay servicios, señal telefónica ni asistencia cercana. Por la exigencia física y los riesgos climáticos, la travesía suele realizarse con guías habilitados y está reservada a excursionistas con experiencia.
Durante el trayecto, la naturaleza se presenta en estado puro. Ballenas, delfines, cormoranes y cóndores acompañan la marcha desde el mar y el cielo, mientras el paisaje alterna entre planicies barridas por el viento y costas abruptas. El faro aparece finalmente como una recompensa silenciosa para quienes se animan a desafiar el aislamiento del “fin del mundo”, un símbolo de resistencia humana frente a uno de los rincones más inhóspitos y fascinantes del país.


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