
Una carta desde el Vaticano: la historia de una fueguina y su inesperado encuentro con Jorge Bergoglio
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En los días más difíciles, hay gestos que se vuelven imborrables. Eso lo sabe bien Carolina Schauman, vecina de Río Grande, quien en enero de 2013 vivió un cruce fortuito con un hombre que, semanas más tarde, cambiaría la historia del catolicismo: Jorge Bergoglio.
Todo ocurrió en Buenos Aires. Aquel mediodía sofocante, con más de 40 grados y el corazón hecho trizas tras una dura noticia médica sobre su esposo Pedro, Carolina bajó del Hospital Británico sin saber muy bien cómo continuar. Caminó sin mirar, descendió al subte y, casi como por instinto, se dejó llevar por la rutina porteña, buscando llegar a su alojamiento sin cruzar palabra con nadie.
El vagón estaba repleto, pero logró sentarse. Al poco andar, un corte de luz detuvo el tren en medio del túnel. Fue entonces cuando se sentó a su lado un hombre vestido con sotana. Se presentó con voz serena: “Jorge Bergoglio”.
En ese momento, el nombre no le resultó familiar. El sacerdote, sin saber nada de su historia, le pidió que le contara qué le pasaba. Carolina, agobiada, apenas compartió lo esencial. El religioso habló entonces de la fe, intentando ofrecer consuelo en medio de la oscuridad literal y emocional. Ella, cansada, lo escuchó con desgano. Lo contradijo. No quería sermones. No en ese momento.
El tren volvió a arrancar. Alguien tomó una foto casual. El cura se despidió con una sonrisa y desapareció entre la multitud. Días después, Pedro falleció.
Dos meses más tarde, el mismo hombre con el que compartió unos minutos de silencio y consuelo era anunciado desde Roma como el nuevo Papa. Francisco. Carolina lo vio por televisión y, conmovida, reconoció en él al sacerdote que había intentado aliviar su dolor. Sintió que no había estado a la altura de su amabilidad.
Decidió entonces escribirle. Le envió una carta recordándole aquel momento, pidiéndole disculpas por su frialdad. Lo que no esperaba era una respuesta. Pero llegó.
Desde la residencia de Santa Marta, el sobre con el escudo del Vaticano contenía una imagen de aquel encuentro en el subte, ahora firmada por el propio Francisco. Pero lo más conmovedor estaba en su interior: unas líneas escritas de puño y letra por el Papa.
“Me emocionó su sinceridad y quiero decirle que su gesto me hizo mucho bien”.
Carolina atesora hoy esa carta como uno de los recuerdos más valiosos de su vida. Un testimonio de humanidad, de humildad y de fe. Y aunque el Papa Francisco ya no está físicamente, a ella le gusta imaginarlo en algún rincón del cielo, reunido con el Creador, con San Pedro… y con su querido Pedro.



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