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  - "Fernando Báez Sosa"
  - "Juicio"
author_name: "Por Lic. Leando Hocquart"
category_name: "NACIONAL"
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category_description: "Leé las últimas noticias nacionales de Argentina: política, economía, sociedad, seguridad y los temas que marcan la agenda del país, con información clara y actualizada."
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# Nota de Opinión: Sentencia a los rugbiers, de la culpa a la responsabilidad

![Homenaje Fernando Báez Sosa](/download/multimedia.normal.8fc33beb40452a50.486f6d656e616a65204665726e616e646f2042c3a1657a20536f73615f6e6f726d616c2e77656270.webp)

*Nota de Opinión: Sentencia a los rugbiers, de la culpa a la responsabilidad*

A pocas horas de que comiencen los alegatos por el caso de Fernandez Báez Sosa que conmociona   
al país, se polarizan las posturas que se comprometen con una u otra de las partes; los acusados y   
los acusadores.

Durante más de dos semanas hemos estado expuestos a los debates entre profesionales que   
inspirados en el arte de la justicia intentan colocar una palabra que organice el sentido perturbado   
ante la masacre llevada a cabo sobre la integridad física de Fernando hace tres años atrás.

Las discusiones acaloradas en torno a la figura legal que debería garantizar un proceso justo de   
sanción para un delito cometido de tal magnitud, pone a la justicia de rodillas frente a las masas   
colerizadas. Pareciera que entre cultos y legos opera un mismo germen de hostilidad y agresión   
sobre lo que nos retorna como elemento extraño del discurso del otro.

¿Cabe preguntarse entonces cuáles son las raíces de esta hostilidad bidireccional? ¿Por qué resulta   
tan difícil metabolizar colectivamente un hecho delictivo que pareciera que ni siquiera la sanción   
mayor (cadena perpetua) dejaría satisfecha a la sociedad?

Desde el psicoanálisis entendemos que existe un elemento constitutivo de agresividad y hostilidad   
necesaria sobre un proceso estructural que Lacan llamo alienación y separación, una especie de   
movimiento interno del sujeto que busca obtener por la vía de la diferenciación un lugar propio en   
el mundo, una identidad. Si aceptamos que la primera marca en el mundo, el nombre propio, es un   
elemento no elegido por nosotros mismos sino devenido de la voluntad de otros (en el mejor caso   
los padres), sabremos que nos estamos arreglando desde el primer minuto de vida e incluso antes   
de nacer, con esa otredad que se nos impone sin haber sido preguntado.

Esa negociación inconsciente sobre lo propio y lo ajeno arroja un saldo que lacan llamará objeto “a”   
pero que a los fines de este escrito alcanzará con decir que es un resto un tanto desconocido pero   
que define en gran medida a lo que un sujeto se identifica o lo que rechaza.

Freud luego de la I Guerra Mundial estrelló su clínica con una idea inversa a la que venía trabajando   
hasta ese momento. Desarrolló un tópico que lo llevó a pensar que había algo Más allá del principio   
del placer (1921). Esto significaba que en el desarrollo de un individuo no sólo intervenían las   
pulsiones eróticas que apuntan al amor, sino también otras a las que le dio el nombre de pulsión de   
muerte y que además tenían cierto privilegio por sobre las primeras.

Mantener a raya a estas últimas es un logro del desarrollo y explican los momentos de paz y de   
guerra individuales (conflictos internos) y sociales (conflictos externos) de los que se abastece la   
vida en democracia bajo el formato de cierta armonía. Esto significa que el desarrollo humano y   
comunitario está regido por un equilibrio delicado que, si se pierde por alguna razón, deja desnuda   
la verdadera naturaleza del hombre y en consecuencia no tardan en aparecer los fenómenos   
radicalizados de segregación.

Las masas, se componen de individuos identificados a un propósito ideal, en el que parte de la   
identidad de cada uno de los elementos que la constituye es cedida para conformarse así una   
identidad grupal que robustece en nombre de la pertenencia los mecanismos que operan buscando   
la eliminación radical de la otredad.

En el proceso adolescente es quizá el momento vital en el que mejor se puede visualizar esto, ya   
que aquellos ideales que se propusieron como tronco de la identidad se reactualizan con el fin de   
cristalizar o modificar la personalidad y diluir la incertidumbre sobre el cuerpo propio el lugar en el   
mundo y sobre todo la autonomía.

Las masas actúan allí como terreno fértil y posible en el que el sujeto puede encontrar   
potencialmente vía las pseudo identificaciones (identificaciones precarias o de paso) un lugar donde   
se tramita lo no soportable, lo diferente, o lo igual bajo por lo menos dos modalidades; reprimiendo   
los sentimientos hostiles, sublimándolos o reaccionando ante estos.

Que se defina por una o por la otra modalidad estará determinado por el grado de inseguridad   
frente a lo nuevo o distinto, de manera que si esta interpretación por parte del grupo es percibida   
como un elemento extraño que atenta contra la identidad grupal, entonces los resortes que   
sostienen la seguridad del individuo fallan, y las voluntades individuales quedan subsumidas frente   
a la presión del líder grupal.

Como supo decir Benedetti “cuando los odios andan sueltos, se ama en defensa propia”.

En contexto, la sociedad del espectáculo solicita bajo presión, que la pena para los imputados por   
el asesinato de Fernando Baez Sosa sea sólo la reclusión perpetua, porque pareciera que es la única   
manera que el frenesí de justicia (esa misma efervescencia que aparece en los linchamientos y   
escraches ) quede colmado durante un tiempo, hasta el próximo homicidio en masa. Esto, es más   
barato que reflexionar sobre las responsabilidades que cada uno tiene en la construcción ciudadana,   
en las instituciones que no operan de manera preventiva y en los circuitos de poder que se   
establecen en relación a las clases sociales.

Por supuesto que frente al dolor desgarrador de una madre que ha perdido a su hijo no existe   
consuelo posible, en lugar de eso una gradual y prolongada reparación devendrá del veredicto final   
que los jueces consideren pertinente. Pero, si pensáramos en los efectos sobre los acusados,   
haciendo un trabajo emocional de comprensión y no de entendimiento, podríamos notar que una   
cadena perpetua no solamente no produce efectos responsabilizantes, sino que además no   
contribuye en ningún sentido a la toma de conciencia de los actos por los que se los acusa a los   
rugbiers.

En definitiva es en todo sentido un castigo con finalidad de escarmiento avalado por el peso de la   
ley sobre un grupo de adolescentes que no sobrepasa los 23 años y que al salir de prisión quedarán   
a la deriva sin destino posible a menos que las funciones latentes de las instituciones habiliten   
alguna otra condición de vida para ellos.

Vigilar y castigar es un hábito que no ha podido extirparse del modelo judicial. Así como pensaba   
Foucault las raíces de las instituciones carcelarias, se asemeja más a una parodia pomposa de dedos   
acusadores que a un acto de justicia dentro de una sociedad democrática.

Culpa y responsabilidad no son sino dos caras de una misma moneda, pero el pasaje de una a la otra   
implica todo un acto de decisión subjetiva y apoyo social-comunitario que contenga y soporte las   
incertidumbres de un proceso en desarrollo que tiene como corolario en el mejor de los casos, la   
madurez, y que en principio deviene de una valoración sobre el acto propio, la resistencia a la   
presión de grupo y la empatía como logro del desarrollo de un individuo. Una instrucción que   
comienza en casa pero que se hereda al resto de las instituciones que componen una sociedad,   
aquellas que pueden generar espacios de identificación saludables para el complejo adolescente   
que interpela y desnuda las grietas de la sociedad.

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